"A esa angustia tesonera, que te viene arrinconando, que es amarga y desespera vos, dale tango..."

Tango, noche y rock&roll

Emblema de la resistencia del tango canción, el “Polaco” fraseaba como nadie. Reinstauró el repertorio olvidado de la época de oro y es una de las figuras más valoradas por nuevas generaciones de músicos.

Troilo - Goyeneche
Goyeneche mira una pulseada entre su hijo Jorge y Aníbal Troilo.

Hubo una manada olímpica en Buenos Aires. Una manada de noche, revoltosa, danzante, de risa inmediata y sabiduría oblicua. Y de tiempo inexacto: casi dos décadas, desde los años 30 hasta mediados de los 50, entre la muerte de Gardel y el exilio de Perón. Una manada hecha de tango y también de teatro y de radio y de cine nacional.

En el mismo tiempo y sobre el mismo suelo, transitaban Mercedes Simone, el Gordo Troilo, Mario Soffici, Fiorentino, Pepe Arias, Tita, Manuel Romero, Niní Marshall, Pugliese, Gobbi, Hugo del Carril, Piazzolla. Los dos Discépolo y los dos Homero. Una maravilla, un verdadero milagro: el Partenón puesto en Buenos Aires y la gente en los clubes, en los cabarets, en los cines, en las calles de carnaval, bailando y a la vez inventando una cultura popular para toda la Argentina.

“El Polaco” Goyeneche llegó casi sobre el final de la fiesta, en 1952. Horacio Salgán, una tarde en radio El Mundo, le toma una prueba y lo incorpora a su orquesta. Goyeneche, con el traje negro recién comprado, salió al ruedo en los bailables, esa misma noche, con el tango “Alma de loca”. Todavía no era Goyeneche, todavía no pateaba el suelo mientras cantaba ni fraseaba los versos. De la mano de Salgán había llegado, aunque fuera por un rato, a la época de oro del tango, ser parte de esa manada olímpica que comenzaba a irse. Manzi ya no estaba, tampoco Discépolo.

Muere Eva Perón y el peronismo se queda huérfano de madre. Hay intentos de golpes de Estado contra Perón, hay atentados, hay muertos, hay marchas y contramarchas. En septiembre de 1955, Perón es derrocado con un golpe de Estado; en octubre, Astor Piazzolla presenta su Octeto Buenos Aires y redacta un manifiesto en el que dice ni cantar ni bailar, solo escuchar. ¿Un manifiesto?

En la grieta

El tango se extravía y se vuelve otro, porque el suelo en el que habita también es otro. En medio de esta discontinuidad, en la grieta entre el tango canción y la vanguardia; mientras llegan Bill Halley y sus cometas y el rock se impone en Buenos Aires y se imponen también la minifalda en las mujeres y el pelo largo en los varones; en medio de los happenings, del cine de autor, del psicoanálisis, del cine club o del Di Tella.

Mientras todo eso pasaba, Roberto Goyeneche portaba la cruz de seguir con el tango canción en medio de su agonía. Había que resistir, había que aguantar un aire que no era el aire del tango. La comedia musical porteña fue reemplazada por la comedia venida de Hollywood; las orquestas se deshidratan y se vuelven tríos o cuartetos; la televisión mostraba a diario al Club del Clan, mientras el tango apenas si tenía dos horas semanales en la pantalla.

La cara de la resistencia era la del Gordo Troilo y la voz de esa resistencia la del Polaco. Entre 1956 y 1963 estuvieron juntos. Goyeneche se hizo Goyeneche ahí, en la orquesta de Pichuco. Eran dos en la misma vereda y con la misma delicadeza para el tango: los rubatos de Troilo eran los fraseos del Polaco; el vigor tembloroso de Goyeneche era la fortaleza triste del Gordo.

Los dos del whisky y los dos de la noche larga y sin permisos. Troilo hacía un sonido gutural cuando la orquesta era una sola, cuando todos eran uno con él; el Polaco tenía un cuerpo que le hablaba, que lo llevaba a estirar los brazos, a estirar las manos, a cerrar los dedos y convertir su voz en un puño.

Después de la separación y después del desconcierto, el Polaco comenzó lentamente a expandirse. Era en plena Edad Media del tango canción, entre los años setenta y ochenta, de un oscurantismo sinuoso y de un tango arrugado.

Si bien grababa tangos nuevos, Goyeneche siguió con su repertorio derivado de los años de oro: grababa lo que ya había sido un éxito en los años cuarenta y él volvía a reinventarlos nuevamente con su voz. Es decir, resistencia a mantenerse en pie, a no cerrar la puerta de la canción, a repetir lo que ya fue con la certeza de tener un tango vivo. También la Tana Rinaldi o Rubén Juárez mantenían la insistencia de seguir cantando.

La dictadura militar obligaba al silencio, el estado de sitio prohibía las milongas. En los carnavales, las pistas bailables más populares eran las de la nueva ola y las de la canción melódica. Lo mismo para los discos LP más vendidos. El tango parecía conservado en formol y expuesto en la vidriera de un anticuario.

Salvo excepciones, las empresas discográficas evitaban grabar discos de tango. Sin embargo, Goyeneche seguía grabando de todas las formas posibles: con tríos, con orquestas, en vivo, en programas de radio; con Armando Pontier, con Troilo, con Piazzolla, con Garello, con el Sexteto Tango, con Baffa-Berligieri, con Atilio Stampone.

El diluvio que no llegó

Con la muerte de Troilo, en mayo de 1975, parecía que era el final del juego para el tango. Se decía por entonces que “sin el Gordo, el tango se moría”, que era “la última esperanza”, que “después de Troilo venía el diluvio”. El tango parecía muerto para todos salvo para Goyeneche.

Sus discos eran el testimonio de una época que el Polaco comandaba sin quererlo. Casi dos docenas de discos que fueron el enlace para un nuevo despertar: el 13 de noviembre de 1983, en París, en el teatro Chatelet, se presenta el espectáculo Tango Argentino; su éxito fue tan grande como imprevisto. Una marca sonora en un mundo que comenzaba a “globalizarse”. El tango volvió a reverdecer, no solo en Europa sino, y principalmente, en nuestro país.

Se multiplican las milongas y proliferan los bailarines. El baile vuelve a salvarle la vida al tango por tercera vez: primero fue en los prostíbulos, después en los años treinta y al fin, en la última década del siglo XX.

El tango fue encontrando una calle por donde caminar. Un desplazamiento lento, con una historia por detrás que ya no podía seguir siendo la misma, a sabiendas que lo popular, en las últimas décadas del siglo, transitaba en otros gestos. Goyeneche era el enlace entre lo que había sido y lo que iba a ser. 

Un salto inesperado, de los cuarenta a la globalización y del cabaret a las cuarenta mil personas en la 9 de julio, en noviembre de 1991. Ese día el Polaco, vestido todo de blanco, cerraba un recital con músicos de rock interpretando tangos, donde habían tocado Baglietto, Patricia Sosa, Lerner, Celeste Carballo, Horacio Fontova, entre otros.

Volver

Goyeneche se multiplicaba y con él se multiplicaba el tango. El fraseo lento, la voz cansada y a la vez brillante; el gesto de hacerse dueño de la letra y en la letra, interpretar la vida tal como es.

La voz del Polaco era querida por los jóvenes que merodeaban los nuevos espacios para el tango canción: en la esquina de Arturito, en la calle Esteban de Luca, con Luis Cardei como el dueño de la noche y del canto; en el bar del Chino, de la calle Bezley, en Pompeya; en lo de Roberto, en el corazón del barrio de Almagro, con la voz de Osvaldo Peredo , tan cercano al estilo del Polaco. (El cineasta Marcelo Goyeneche, nieto del primo hermano del cantor, se encuentra realizando un documental sobre la vida del tanguero, con archivos de audio y video originales).

Ya había trabajando de sí mismo en el filme Sur de Pino Solanas. Goyeneche actuaba y cantaba y en lo que cantaba estaba dicho que había un regreso para los que se habían exiliado por la dictadura militar; y un regreso para los que no se habían ido nunca y aguantaron la barbarie a puro silencio.

En la película está el Polaco todo entero: la sensibilidad de siempre, la voz clara de cada uno de los tangos dichos en la calle, el gesto de ir hacia adelante, de sorprenderse, como si los versos fueran nuevos, como si nunca los hubiera cantado. Hay una vitalidad Goyeneche que parece interminable.

“El día me hace mal; yo soy amigo de la Luna”. Eso dijo alguna vez, que el sol es demasiado sol y que la noche es impredecible. Porque en la noche estaba el tango y todo lo otro del tango que es también la noche. ¿Y el día? El día es para los pájaros. Goyeneche sacaba las jaulas con sus jilgueros, las colgaba en la puerta de su casa y él, el mismísimo Roberto Goyeneche, en la vereda, se sentaba en su silla, en ojotas, pantalón corto y camiseta, y se ponía a fumar sus cigarrillos negros.

Se murió en agosto de 1994, a las 14:30 de un sábado. Se murió de día.

Gustavo Varela es ensayista y autor, entre otros, de Tango y política (Planeta).

Fuente: Gustavo Varela – Revista Ñ (Clarín) – 30 de agosto de 2019.

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