"A esa angustia tesonera, que te viene arrinconando, que es amarga y desespera vos, dale tango..."

Tita Merello

Laura Ana Merello, la Morocha Argentina.

Tita Merello

Tita no necesitó crear un personaje. En sus más de setenta años de trayectoria artística, simplemente recurrió a expresar, los matices de su propia vida, entregando al público lo peculiar de su personalidad.

No tuvo maestros. Tuvo abandono temprano, calle y tristeza, donde forjó la prepotencia que la caracterizó toda su vida, fiel reflejo de los papeles que le tocó interpretar en el teatro y en el cine.

Un ejemplo de esto, es aquella memorable escena, una de las mejores de todo el cine argentino, de la película Los isleros. En ella personifica a La Carancha (ave nocturna que ataca y devora a los animales más pequeños), mujer agresiva que forma pareja con un hombre tranquilo, un campesino manso. En la escena ella ataca verbalmente a su hombre y este resiste, hasta que lo llama «Toruno» (buey o toro castrado), entonces el hombre reacciona y le pega rebencazos hasta amansarla, para finalmente poseerla físicamente.

No nació para cantar. De joven decía con humor tangos reos. Más adelante, a medida que su repertorio se fue ampliando, al intentar sostener las notas, desafinaba. Pero tenía ángel y era aceptada por su público, tanto es así, que de varios temas realizó creaciones inolvidables y de tal magnitud, que ninguna otra cantante se atrevió a incluirlos en su repertorio sin salir mal parada.

El tango “Arrabalera” —del film del mismo título, basado en la obra teatral de Samuel Eichelbaum Un tal Servando Gómez—, “El choclo”, “Se dice de mí”, “Pipistrela” y “La milonga y yo”, que fuera creada especialmente para ella por el autor y compositor Leopoldo Díaz Vélez, también para una película, son emblemas de su repertorio.

Con respecto a “La milonga y yo”, vaya como curiosidad que una parte de su estribillo fue plagiada por Joan Manuel Serrat, aquella que dice: «Vamos subiendo la cuesta…», y que las instancias judiciales, después de treinta años, siguen sin resolver el pleito.

Bajita, morocha, de bellas piernas, labios gruesos y sensuales, y ese gesto de mirada insinuante y provocadora, de quien todo lo sabe y todo lo ofrece. Esa era ella y su personaje. Y así fue. Buscó todo con rabia, exultante, consiguió muchas cosas pero también perdió.

Fue registrada como Laura Ana Merello, nacida en la calle Defensa 715, el 11 de octubre de 1904. Hija de Santiago Merello de profesión cochero. Extrañamente no figura en su partida el nombre de su madre. Cuatro años más tarde una muchacha uruguaya llamada Ana Gianelli o Ganelli, se reconoce como su madre en la misma partida de nacimiento. Su padre ya había fallecido con sólo 30 años de edad.

«Yo conocí el hambre. Yo sé lo que es el miedo y la vergüenza.», con estas frases comenzó el relato de los duros momentos vividos en el asilo donde pasó sus primeros años.

«Mi infancia fue breve. La infancia del pobre es más breve que la del rico. Era triste, pobre y fea». Ya más grande, declaró sin pudor, «Haber hecho la calle».

Y acto seguido nos confiesa que ya siendo reconocida en el ambiente artístico, un periodista famoso, al saludarla y tomar su mano, luego de observarla procazmente con intenciones non santas, le dijo: «Usted en otra vida debió haber sido cortesana». Y ella contestó: «¿Y ahora qué soy?»

Llega al escenario al enterarse que se necesitaban coristas en un teatro cercano el puerto, de esos característicos que vemos en las películas, frecuentado por marineros y gente del bajo fondo. En este momento viene a mi memoria Marlene Dietrich, aquella alemana bajita, sugerente, de hermosas piernas y desenfadada, los mismos atributos que la Merello, en el film El ángel azul donde intentaba cantar en un turbio cafetín y provocando el amor irracional de un serio profesor.

Un periodista de la época lo describe como un teatrillo de mala muerte, casi pornográfico, de nombre Ba Ta Clán, a partir de entonces, a las coristas se las llamó bataclanas, y este término se convirtió en sinónimo de «mujer alegre».

Tiempo más tarde pasó a ser una vedette y la bautizaron La Vedette Rea. En esta condición estrena la obra Leguisamo solo, creada por el director musical de la compañía, un italiano acriollado amante del turf, Modesto Papávero, y resulta un notable éxito.

Un famoso crítico teatral que la conoció antes de los años ’30 dijo de ella: «Es una de las actrices más temperamentales, más fogosas y de carácter más fuerte de la escena nacional, a la par que es muy pícara, muy rápida para las réplicas, muy inteligente, e interpreta los tangos como actriz. Cada tango es una pequeña obrita de teatro».

Comenzó en el cine con el cine mismo. Aparece en la primera película sonora argentina reconocida como tal, Tango, del año 1933. Otras posteriores apariciones suyas fueron de «segunda damita joven», pero de personalidad opuesta a la primera actriz que hacía el papel de cándida y con quien, en definitiva, se quedaba el galán, todo en un marco de comedia.

Pero cuando en 1937 filma La fuga se revela como actriz dramática, desconcertando a productores y directores, por su naturalidad, su expresión y su desenvoltura.

Otras películas importantes de su trayectoria en el cine, que la consagran en forma definitiva, fueron: Morir en su leyFilomena Marturano (del actor y dramaturgo italiano Eduardo De Filippo), Los islerosArrabaleraPasó en mi barrioGuachoPara vestir santosAmorina y muchas más hasta superar las cuarenta.

Con el tiempo y en pleno desarrollo de sus éxitos actorales es requerida por el teatro, la televisión y por la radio, medio, este último, en el que continuó hasta su vejez. Ya era Tita de Buenos Aires.

Como cancionista llegó al disco en el año 1927, para el sello Odeon, con dos temas: “Te acordás reo” (de Emilio Fresedo) y “Volvé mi negra” (de José María Rizzuti y letra de Fernando Diez Gómez). En el año 1929 pasa a la Victor donde graba 20 temas, destacándose “Tata ievame p’al centro”, “Che pepinito” y “Te has comprado un automóvil”.

Luego de un largo paréntesis vuelve a los estudios de grabación, en el año 1954, de la mano de Francisco Canaro, siendo esta su época consagratoria. Allí surgen discos inolvidables como “El choclo”, “Se dice de mí”, “Arrabalera”, “Niño bien”, “Pipistrela” y “Llamarada pasional”, éste último dedicado a Luis Sandrini y del cual es autora.

En las décadas del sesenta y del setenta graba más de cuarenta temas, con las orquestas de Carlos Figari y Héctor Varela.

Todo lo hizo con ímpetu arrollador. Fue mujer de muchos hombres, pero siempre reconoció un solo amor, el del actor Luis Sandrini (fallecido en 1980), con el que vivió alrededor de una década y quien luego la abandonara por una actriz más joven, Malvina Pastorino (fallecida en 1994).

«Mi mejor personaje es el mío. Una actriz dramática se llora a si misma cuando interpreta un personaje teatral».

Obtuvo premios como actriz, pero lo más importante es el reconocimiento del público, que se mantiene hasta la actualidad y que la consagró como un símbolo de la mujer del tango y de Buenos Aires.

Fuente: Néstor Pinsón – http://www.todotango.com/

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