"A esa angustia tesonera, que te viene arrinconando, que es amarga y desespera vos, dale tango..."

Yo no sé que me han hecho tus ojos

Ada Falcón: la estrella que renunció a la fama y la fortuna para recluirse en un convento.

Ada Falcón

Francisco Canaro la vio y se paralizó. Dicen los que lo conocieron que jamás sintió algo tan profundo por una mujer. Ni siquiera por su esposa. Aquellos ojos no sólo seducían: hipnotizaban. Ada Falcón era consciente de su belleza y de su talento como actriz y cantante. Fue, justamente, Canaro el que le dedicó aquel «Yo no sé que me han hecho tus ojos» en honor a sus encantos. Enrique Santos Discépolo decía sobre ella: «Es tan hermosa que hace mal mirarla».

Lo tuvo todo: fama, prestigio, y una fortuna incalculable , inusual para una estrella de la época. Sin embargo, en el amor fue padeciente. Se enamoró del poeta, pero nunca pudo confirmarse como el amor oficial, ese que nace para no ser ocultado. Falcón y Canaro conformaron una de las parejas más intensas del espectáculo argentino. Discretos, acorde a la época, mantuvieron ese vínculo de amantes con elegancia. Una galanura que, a ella, se le fue transformando en dolor y tortura. Él jamás dejó a su familia. Ese segundo plano terminó por enloquecer a Ada, quien lo dejó todo para nunca más volver. Con su huida construyó una historia enigmática.

La cantante y el poeta, una novela sin final feliz atravesada por los silencios, el ostracismo y los misterios. Un cuento de hadas que terminó mal. Falcón llegó a la cima que todos añoran, pero, determinada, se bajó pronto intentando, en el ostracismo voluntario, experimentar el olvido que nunca consiguió. Su historia es digna de un tango melancólico, como los que ella interpretaba. Tan fatal como real.

Nace una estrella

Aída Elsa Ada Falcone nació, en Buenos Aires, el 17 de agosto de 1905. El lugar exacto de su natalicio fue la estancia Los Paraísos, ubicada en Ituzaingó. Esa zona del oeste, en aquellos tiempos, era rural, despoblada y considerada muy alejada de la ciudad. A la pequeña, las luces porteñas despertaban fantasías. Misteriosas ilusiones. Su padre era un estanciero acomodado. Sus dos hermanas, Amanda y Adhelma, también quisieron incursionar en el mundo del canto, pero no obtuvieron la notable repercusión de Ada. Hasta se dijo que una de ellas se quiso hacer pasar por la gran diva para poder cobrar algo de dinero. Leyendas. La tragedia las marcó a todas desde muy chicas: antes del nacimiento de Ada, su padre falleció cuando se encontraba, por negocios, en París.

Más allá de los dolores, la pequeña Ada tuvo una infancia feliz dado que Cornelia, su madre, la estimuló en su vocación artística. A los 4 años debutó como Joyita Argentina en la Asociación San Vicente de Paul. A los 14, participó de El festín de los caranchos , debutando precozmente en el mundo cinematográfico. En aquellos tiempos, ya había interpretado tonadillas en el Teatro Apolo. Lo suyo era estar frente al público. Ante decidida vocación, su madre, con buen tino, le buscó un nombre que tuviese más impacto mediático y empatía con las letras de molde de los diarios. Así nació el Ada Falcón con el que se consagró. La pequeña, debido a sus compromisos artísticos, debió cumplir con su escolaridad de modo extracurricular y con maestras que le dictaban clases en su casa de manera libre. Su carrera artística fue muy breve, tan corta como trascendente.

El 15 de julio de 1925 grabó su primer material discográfico. Osvaldo Fresedo estaba al frente de la orquesta que la acompañó. Ada ingresó al mundo de la música por la puerta grande. El sello era RCA Víctor, una de las compañías más importantes del momento. Ada fue una de las que posibilitó el ingreso de la mujer a un mundo de hombres. Aunque también libraban batalla figuras de la talla de Azucena Maizani y Rosita Quiroga. Se dice que Ada fue la tercera mujer en grabar un disco en nuestro país.

El cine, rápidamente, le dio un lugar, pero no tan estelar como el que obtuvo en el mundo de la música. Filmó poco, solo tres películas la contaron en sus elencos: a la mencionada El Festín de los caranchos le siguieron Tu cuna fue un conventillo en 1925 y, en 1934, Ídolos de la radio . El incipiente teatro de revistas y el varieté la contaban como una de las figuras que más público atraía hacia las boleterías.

1929 no fue un año más. Ya concluido su ciclo con el prestigioso pianista Enrique Delfino, durante aquella temporada comenzó a trabajar junto a uno de los músicos más renombrados del momento: Francisco Canaro, con el que escribió páginas gloriosas de la música popular y tejió una historia privada que la sumió en un dolor del que jamás sanó.

Yo no sé que me han hecho tus ojos

El 24 de julio de 1929, Falcón grabó «La morocha» con la orquesta de Francisco Canaro. El aluvión de pedidos para que sumaran títulos no tardó en llegar: la dupla se había puesto de moda. Además, Ada también era muy convocada para presentarse, en vivo, en la radio, el medio masivo por excelencia en un mundo sin televisión. Splendid, Stentor, Belgrano y El Mundo fueron algunas de las emisoras que la contrataban con asiduidad. Su cachet se iba engrosando rápidamente. Aquella Ada de las tonadillas españolas se estaba convirtiendo en la gran estrella nacional. Se dice que, en su momento de mayor apogeo, fue la figura que más facturó, superando la cifra de estrellas masculinas, toda una rareza para un mundo en el que la mujer iba un paso detrás del hombre. Era mezzosoprano y eso le confería una identidad muy especial a su interpretación. Los sellos grabadores se la disputaban. Luego de la Víctor llegó el contrato millonario con Odeón.

Si «La pulpera de Santa Lucía» fue uno de esos caballitos de batalla que el público siempre le pedía, todo sería poco ante el suceso de «Yo no se que me han hecho tus ojos», un tema no nacido para masividad que, en boca de ella, sonó y bien. Había detrás un sentimiento que avalaba la profunda interpretación. Aquel vals, que Canaro compuso para ella, se estrenó en el film Ídolos de la radio , el que compartió cartel con Tita Merello e Ignacio Corsini.

El vínculo entre Ada y Canaro nació rápidamente. Se vieron, se gustaron y comprobaron que, además de amor, había mucha piel. Los músicos eran testigos de miradas y frases. Aunque todo se expresaba con notable discreción. Era el secreto a voces. Y todos lo respetaban, incluidas las revistas de farándula que solían proteger a sus estrellas. Ada era la gran estrella del star system local. Sin embargo, su vida se debatía entre el amor desmesurado, carnal, de impulsos primarios, y la tristeza de no sentirse correspondida. La «querida», la «otra»: eso era, a su pesar.

Ada vivía en una mansión del hoy llamado Palermo Chico. Precursora en todo, fue una de las primeras mujeres en manejar. Tenía una flota de automóviles muy costosos con los que solía recorrer la noche porteña. Y hasta se dejaba llevar por la aventura de salir por Libertador en busca del norte bonaerense. Vestía bajo el estricto mandato de la moda europea. Su guardarropa era exclusivo. Un plantel de personal doméstico se ocupaba de todo en su casa. Se decía que ella jamás atendía el teléfono y que solo estaba disponible para Canaro. Era algo parca, aunque no tanto como su colega Tita Merello. Ada era una diva. El público nada sabía de su vida personal hasta que, a pesar de la discreción de los medios, la noticia del romance prohibido comenzó a circular con fuerza.

Sobre ella se construyeron mil y un historias. Su silencio hizo que el mito se agigantara. Se dijo que la mujer de Canaro, de nacionalidad francesa, le había aceptado el divorcio, pero el músico se negó por no querer repartir su patrimonio. La leyenda sobre los amoríos entre Canaro y Adhelma, una de las hermanas de Ada, corrió como reguero de pólvora. Como suele suceder ante tamañas figuras, la mitología, con aires de tragedia griega, fue sumando condimentos y capítulos. El más espeluznante da cuenta de un encuentro sorpresivo. Fue vox populi, aunque nada asegura su veracidad, que la mujer de Canaro habría sorprendido a Ada sentada en la falda de su marido. Ante semejante fotografía, la esposa del músico habría sacado un arma de su cartera para poner fin a esa relación extramatrimonial que amenazaba la paz de su familia. Lo cierto es que Canaro y Ada jamás pudieron formalizarse, a pesar de los pedidos de ella. La cantante estaba realmente enamorada de él. Los encuentros sexuales eran apasionados. El entendimiento, entre ambos, era único. Y el vínculo laboral exitoso y fluido. Jamás discutían. Sin embargo, él no se atrevió a dejarlo todo para vivir con Ada el amor en libertad.

Razones que la razón no entiende

La vida de Ada se había convertido en una verdadera tortura. Ni la fama, ni los millones de su cuenta bancaria, ni los lujos que la rodeaban eran suficientes. Se recluía en la suite que ocupaba en su mansión porteña durante días enteros a llorar y lamentarse. La foto de Canaro enmarcaba su cama de dos plazas, ese mismo portarretratos que, más de una vez, arrojaba al piso ante un llanto desconsolado. Estaba harta de compartir a Canaro, y también de las promesas incumplidas.

En 1935, estando en la cima de su carrera, comenzó a alejarse del mundo. La primera decisión fue no presentarse más en público. Esto motivó que Radio El Mundo la confinara a actuar en un estudio más pequeño sin la mirada de sus fanáticos. En aquellos tiempos, las emisoras contaban con plateas para que los oyentes pudiesen presenciar las transmisiones en vivo. El 28 de septiembre de 1938 resolvió concluir con su dupla artística con Canaro. Toda una decisión. A medida que transcurría el tiempo, fue espaciando sus presentaciones. Y hasta llegó a cantar, cortinado de por medio, para no tener contacto directo con sus músicos. Fobia a mostrarse y aversión por los hombres. La herida por el amor no correspondido comenzó a minar seriamente su equilibrio emocional y a diezmar su carrera profesional. En 1942 grabó un último material, paradójicamente con tangos de Francisco Canaro e Ivo Pelay. «La Emperatriz del Tango», como se la bautizó, comenzaba a despedirse de la vida pública para siempre.

Triste, solitario y final

«Soy la morocha argentina, la que no siente pesares, y alegre pasa la vida con sus cantares». Aquellos versos de la primera canción que grabó con Canaro en 1929, ya sonaban absurdos. «Tuve una visión maravillosa del Señor y no vacilé un instante en dejarlo todo y recluirme en las sierras con mamita, en un convento franciscano, y vivir con humildad», confesó en uno de los pocos reportajes que concedió.

Cuando Falcón decidió dejarlo todo, el destino escogido fue un humilde chalet en la provincia de Córdoba. Allí, en Salsipuedes armó su nueva vida. En medio de las sierras cordobesas, los vecinos que la cruzaban no podían dar crédito que semejante estrella transitase, como una más, las calles del lugar. Cuando su madre murió, decidió profundizar su ostracismo. Totalmente ensimismada en un sentimiento místico, se recluyó en un convento del que nunca más se alejó. La senilidad fueron minando su cabeza. Las religiosas del lugar afirmaron que jamás cantó, que, por momentos, negaba su identidad, y que aseguraba que no sabía leer. En el documental de Sergio Wolf y Lorena Muñoz, Yo no se que me han hecho tus ojos , se la vio, públicamente, por última vez. Muy avejentada conversó con el director e investigador obteniendo declaraciones finales.

Ada Falcón lo tuvo todo, pero decidió escapar para no sufrir más. El llamado de su Dios y un corazón herido que la acompañó hasta su muerte impulsaron la osada decisión. Allí, ante el olvido de la opinión pública, en una vida de clausura, austeridad y misticismo transitó la mitad de su vida. Aquellos ojos que se cerraron a los 96 años. Allí, en el hogar de ancianos de Molinari, localidad cercana a Cosquín, rodedada de imágenes, recuerdos del desamor. La casa de Salsipuedes fue convertida en el museo en el que reposan los pocos objetos que formaban parte de su patrimonio cuando se alejó de la fortuna y los lujos.

Los restos de Ada descansan el panteón de Sadaic en el Cementerio de la Chacarita. A pocos metros, yacen los de Francisco Canaro. Así en la vida, como en la muerte.

Fuente: Pablo Mascareño – La Nación – 11 de marzo de 2020

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